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Cuando mi vida cambió, de la noche a la mañana

Mi cuerpo empezó a rebelárseme y no aceptaba mis órdenes, se negaba a seguir mi ritmo, y ahí empezó mi caída en picado…

Mi cuerpo cada día me señalaba una parte de mí que no respondía, me mermaba, mis fuerzas y mi alma.

Se apoderaba de mí, y yo me encontré en una encrucijada, pedir ayuda a mi médico, o callarme y soportar mi dolor en silencio…

Cada día, era algo nuevo y un dolor distinto, hasta que mis fuerzas me flaquearon y me deje, de luchar, de arreglarme, o simplemente echar una sonrisa…

A veces pensaba, es mi mente, me estaba jugando malas pasadas o que ya no servía para nada, y eso menguo mi mente, mi alma, y pensaba para que luchar si mi cuerpo no servía para nada.

Unas de mis tantas veces que me estampaba contra mí misma… sin poder moverme de un sofá y moverme, era pensar moverme para que, que me dirían, si tantas veces me habían dicho que era mental o simplemente que no quería trabajar, que quería echarme al cuento para no hacer nada…

Un día sin poder aguantar más, me llevaron al hospital de camino al hospital yo me sentía mal, que me dirían, que todo era mental, que no pasaba nada…

Gracias a dios ese día, un médico se preocupó por mí y me hizo todas las pruebas que tenía que hacerme y cuando acabo, se sentó frente a mí y me dijo “lo que tienes una enfermedad llamada fibromialgia”

Yo sin saber que decir, de mis labios solo salió una palabra, “eso que es”

Y él con paciencia me lo explicó, es mal silencioso, pero no hay nada aún que lo cure.

Y me remitió que fuera a ver un médico que llevaba algunos casos. Pedí cita y fui, yo iba con recelo, pero cuando entré en la consulta, me habló amablemente y me iba haciendo pruebas, me tocaba puntos de mi cuerpo, que yo no salía de mi asombro.

Cuándo acabó de reconocerme lo confirmó, mi mundo se me hizo oscuro, mi mente volaba, que es eso, como lo puedo superar, pero de mis labios, no salían las palabras.
Fue muy amable y me lo explicó, pero yo no lo escuchaba, sabía que decía algo, pero mi mente no estaba allí.

A mí solo se me grabó una cosa, era la enfermedad del silencio. Algo que nunca había oído hablar de ella.

Que equivocada estaba yo, cuando pensé que mi vida, no cambiaría. Pero que equivocada estaba.
Primero crees, que te entienden y comprenden que no salgas como antes, que ya no los invites a casa a cenar o comer.

Al final, te das cuenta que cada vez te llaman menos, te visitan de tarde en tarde. Hasta que eso también desaparece, yo, solo pensaba que he hecho yo mal, si seguía siendo la misma, pero con un cuerpo dolorido y un alma cansada.

En esa época tuve que abandonar muchas cosas, mis salidas al monte, mis paseos y hasta perdí la alegría…

No podía, no tenía fuerzas y para no sufrir, me aparte de mi pasión, mi rincón de meditación. Pero tuve que renunciar a él, eso me hundió más y más. Y me sumió en una depresión.

Me escondía en mí y mi mundo, ni mí trabajo, familia y trabajo.

Cada vez me sentía peor e iba y me iba abandonando, me escondía tras ropa grandes poco agraciadas, pero no me sentía yo, y eso fue como una cadena que cada día era más rápida y me deje no me apetecía arreglarme y solo quería estar tumbada y a oscuras.

Pero un día, por fin después de estar casi en el fondo del pozo, por unos momentos mi mente pensó, que hago, que me está consumiendo. Y pensé si yo era muy dinámica, no paraba ni en rebotica.

Me costó casi dos años en darme cuenta que eso no era vida, y no era lo que yo quería.

Quería volver a vivir, a disfrutar, a ser yo una persona, pero sobre todo aceptarme como era y como estaba, pero que equivocada estaba yo, ya no podía hacer muchas cosas, tenía cosas, tenía muchas limitaciones y me di cuenta que los que antes llamaba amigos desaparecieron.

Después de mucho tiempo y casi tocando el vacío.

Un día me desperté y dije basta, esto no me va arrinconar a mí, tengo que luchar. Y me levanté y pensé yo debo poder con esto, no me va arrinconar más y luche casi sin fuerzas y con unos dolores insoportables.

Pero cada día y con dolores daba un paso más, y pensaba para que estoy en esta vida, para sufrir para no saber que es reír otra vez.

Pero algo en mí se despertó y me dije tú puedes luchar, no tengas prisa y saldrás, con dolores pero sí sonreír otra vez.

Pero tendría que ser yo la que luchara, contra ese maldito dolor, poner mi voluntad al límite, mi esfuerzo y mi alma, sino no conseguiría nada y seré una persona muerta en vida…

Ahí empecé otra etapa de mi vida, una lucha contracorriente me di cuenta que esa no era yo, dos años casi encamada por los dolores y sin ganas de luchar, ya era hora de tomar las riendas de mi vida otra vez. Y cada día me levantaba y luchaba contra ese maldito dolor que no siempre está en el mismo sitio, y luche con uñas y dientes y aprender que dando un paso cada día, podría llegar a conseguir la media meta…

Y en ese momento mi cuerpo empezó a decantarse y mi mente me contestó, menearte un poco más, sino no tendrás vida. Así que saqué fuerzas de donde no las tenía, pero si me rendía no lo conseguiría, y a veces hasta con lágrimas en mis ojos, daba un pasito, y después otro, y así día a día.

Aunque en esos días me daban bajones y pensaba que si valía la pena tanto esfuerzo y dolor. Tuve que hacerme a la idea que esa sería mi vida de ahí hacia delante.

Pero si yo no ponía ganas, esfuerzo y voluntad, de nada serviría y nunca podría salir de ese pozo oscuro.

Lo primero que tuve que hacer es volver a quererme, aceptarme y adaptarme a mi nueva vida.

Y así pasaron mis primeros días, semanas de esa nueva vida, mi adaptación a ella. No quería perderme en vida, mi asombro ante la superación.

Disfrutar del más mínimo detalle. Pensar que al día siguiente sería mejor, no decaer en mi lucha y resistir a las adversidades.

Lo que nunca iba hacer es dejar de luchar… aprender a reír otra vez, poder bromear, luchar y no decaer.
Cada comienzo de la salida del sol, yo me preparaba para luchar y aguantar el dolor.

Era el comienzo, mi nueva meta, objetivos nuevos, esperanzas, amar, ser amada.

Y sobre todo volver a darle vida a mi gran alma, rejuvenecer mi espíritu y alimentar mis nuevas motivaciones.

Esa maldita enfermedad del siglo XX. La del silencio, la de la incomprensión y la del no entendimiento, para mí era decaer día tras día.

Cuando oía rumores que decían” que lo que no quería era trabajar” eso dolía y mi alma se me desgarraba, yo que cuando perdí mi pilar, mi amigo y sobre todas las cosas a mi padre, el golpe más duro de mi vida.

Yo que me tuve que poner a trabajar y dejar mis estudios con quince años, para sacar a mi madre y hermanas adelante, oír esos comentarios dolían y mucho.

yo que me levantaba cada madrugada para hacer un trabajo que odiaba, en el cuál lo pasé muy mal, pero no había más remedio que tirar adelante.

Pero a mí me faltaba mí luz que siempre me hacía reír e iba con él a todos los lados.

También tuve la suerte, que mi marido e hijo, me comprendían, me apoyaban y estaban a mi lado en esos malos momentos. Me animaban y consolaba, cuándo yo peor estaba.

Ellos lucharon a mi lado, y nunca tuve una mala palabra, de parte de ellos, pero si debo reconocer, que deje de mostrar ese cariño, por ellos y me hice una coraza, para que ellos, no sufrieran al verme mal.
Ellos sabían que para mí cada día era una lucha para mí, pero sin dejarme decaer, me apoyaban, me cuidaban y siempre estaban a mí lado..

Fueron mi gran apoyo para mí.

Pero luché contra mí cuerpo y empecé a salir con mis dolores.
Un día tuve la suerte de conocer una persona, que al final resultó ser mi mejor amigo, él me animaba en los momentos bajos, me escuchaba y me daba consejos, un amigo incondicional, que estaba conmigo como era yo.

Empecé otra vez a salir al monte, con muchos dolores, él no me dejaba abandonar, en esos momentos tranquilizándome, dándome ánimos y sobre todo su apoyo y cariño.
Y eso que era una persona muy reservada, pero conmigo era atento y siempre me hacía reír, y si empezábamos una ruta siempre la acabamos a mi ritmo, sin agobios, sin un mal gesto por tener que ir a mí ritmo.

Y así seguí saliendo del fondo de mi pozo., volvía a disfrutar de la naturaleza, del aíre puro y sobre todo de un buen amigo. Gracias a mí familia, y a él que para mí era como mí hermano.
Volvía a disfrutar de la naturaleza, del aíre puro y  sobre todo de un buen amigo. Así eran nuestras salidas al monte, y con el tiempo la unión fue más fuerte nos entendíamos y nos comprendíamos el uno al otro y sabíamos en todo momento como estaba el otro. Los dos aprendimos juntos. Tanto él como yo tuvimos que superar, grandes dolores de nuestra vida, y pérdidas de personas, que se iban dejando en el camino.

Y mi alma  llena de sentimientos,   mi mente despejaba…

Mi corazón volvía  a latir fuerte, porque aunque luego me pasaba factura, esos momentos en el monte, eran únicos.

En casa comprendían, que para mí eso, era muy importante y aunque al principio, les costó aceptar mis salidas, se fueron dando cuenta que era lo que necesitaba y por eso les doy las gracias, a los dos hombres de mi casa, mi marido y mí peque…

Mi espíritu quería vida plena y en cada pasó lo conseguía, en pocos minutos mis percepciones se disparaban y me sentía viva y llena de retos.

Aunque había momentos que no podía reprimir mi dolor, no decaí y seguía paso a paso hacia delante.
En esa época entro en mi vida otra cosita que me llenaba los días y era mi compañera del sufrimiento, adopté una perra, de un refugio, pero no porque yo la eligiera sino que fue ella a mí, y desde entonces va conmigo a todos los lados. Mi chica y compañera  de aventuras, ya éramos como una piña en el monte y a ella le encantaba.

Verla disfrutar me llenaba de alegría, ya no me reprimía, ni me encerraba, cada salida era un reto conseguido.

Ya no me escondo y cuándo alguien comenta lo de esta maldita enfermedad, yo les aconsejo que aunque duele y mucho, hay que seguir adelante, solamente tú puedes con ella, yo cada día doy gracias a parte de mi familia por no abandonarme en la lucha, a un amigo incondicional y mi chica.

Ahora mi sensibilidad se agudiza más y lo expresó, tengo mis propias opiniones y las transmito. Ahora soy yo la que decido por mi vida, no la maldita enfermedad, ella se apoderó hace muchos años de mí cuerpo, pero yo lucho todos los días.

Ahora las riendas de mí vida las llevo yo, mí tiempo y sobre todo mis necesidades.

Mi vida cambió mucho, pero también he aprendido mucho, de algunas cosas no estoy orgullosa, pero son las que te enseñan que puedes cambiar, puedo estar equivocada, pero acepto las críticas constructivas, no las dañinas, esas se las dejó a las personas sin sentimientos y que solo ven la envoltura de afuera y no lo más bonito de un ser que es el corazón.

Yo cada día me esfuerzo y sigo obligándome a no decaer, a resistir sin demorarme.

Sé que dar consejos es fácil, pero puedo decir que cuándo se da un consejo bien dado eso te llena y sabes de qué estás hablando, no vale la pena estar quejándome todo el día de mi dolor.

Busco mi propia felicidad, mis deseos, sueños y sobre todo valoro a las personas por como son por dentro, un una simple envoltura.

Ahora disfruto de mi pasión la naturaleza y la fotografía y con ella intento transmitir, esos bellos momentos que mi objetivo quiere trasmitir, esa paz, ese bienestar y sobre todo la belleza, muchas veces escondida que ante mí se abren.

Sigo manteniendo mis contradicciones, mis travesuras, la serenidad, alegría y tristezas.

Pero lo que nunca más haré será rendirme al dolor, me entrego y voy dejando mi puerta abierta para las personas que quieran entrar, pero de buena fe, las demás no me interesan, esas son dañinas, las que quieren verte hundida.

Esa soy yo ahora, mi enfermedad sigue conmigo y cada vez me toca algo de mí cuerpo, pero lo que nunca hará será hacerme decaer.

Yo soy así, una persona con sentimientos y con dolor, pero sobre todo estoy llena de vida y mí ser es pleno…

Rosa Martínez Mondéjar

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2 comentarios
  1. Erica Gracia
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  2. Violetica
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