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Para siempre

Ya hace tanto tiempo que me la diagnosticaron que no recuerdo los primeros síntomas. Sé que mi hijo pequeño tenía 3 años, ahora tiene 22.

Recuerdo que tuve una mala época, sufrí tres abortos, el último con bastantes complicaciones. Mi padre, en aquellos días, sufrió varios microinfartos cerebrales que le convirtieron en otra persona. Recuerdo con tristeza el día que dejó de conocerme, el día que olvidó hacerse el nudo de la corbata. Y sobre todo recuerdo la larga y triste espera del final que no llegaba. Su cuerpo se iba deteriorando a la vez que su mente y yo me iba muriendo a la vez que le visitaba cada día y comprobada lo injusto de aquel terrible diagnóstico y aquella oscura vida que se apagaba en el olvido…

Entonces fue cuando tuve el primer aviso, mi cuerpo aguantaba día a día los trabajos en casa, el cuidado de mis dos hijos pequeños, la enfermedad de mi padre, las visitas diarias para decirle y contarle todo lo que le deseaba que supiera, y es que nos quedaba poco tiempo, aunque él nunca supo ni quién era yo ni por qué le contaba aquellas cosas.

Pero un buen día mi cerebro dijo “Ya, se acabó, no puedo contigo, ya no puedo regular tu digestión, tu respiración, tus palpitaciones…”

Y entonces me dio un ataque al corazón, o eso es lo que yo pensé, porque en realidad cuando llegué a urgencias y conté lo que sentía la médico que me atendió vio claramente el diagnóstico, “no estás sufriendo un infarto lo que tienes es un dolor del alma…

A partir de entonces empezaron a recetarme pastillas. Pastillas para dormir, pastillas para despertarme, pastillas para no sentir… me convertí en una especie de robot que andaba drogado por la vida pero con un dolor constante y agotador.

Pero lo peor es que a partir de aquel día mi cerebro tomó las riendas de mi cuerpo y dijo, si tú no descansas, yo te haré descansar; si tú no duermes a pesar de las pastillas yo te haré tumbarte aunque no puedas dormir; si tú no paras… yo te pararé.

Cómo hizo que yo parara y redujera mi actividad, muy fácil, con dolor. Dolor permanente, dolor frustrante, dolor amargo, paralizante, punzante, dolor difuso por todo el cuerpo, calambres, hormigueo en las manos y en los pies, pérdida de atención, desorientación…

Acudí de nuevo al médico y está vez comenzó mi peregrinación por los especialistas. Digestivo, traumatólogía, neurólogía, psiquiatría… Y por fin reumatología.

El especialista de reumatología me miró, me hizo varias preguntas, miró los resultados de todas la pruebas, análisis, estudios y tratamientos que me habían practicado y recetado en un año (todos negativos y sin ningún resultado) y me dijo: levántese.

Me puso los dedos en la espalda, en los hombros, en los pies… luego supe que eran los puntos gatillo o puntos de dolor y como mi respuesta era un grito cada vez que presionaba levemente con los dedos, me hizo sentarme y por fin me diagnóstico lo que tenía… Fibromialgia

Era la primera vez que escuchaba esa palabra, no sabía ni lo que significaba ni tan siquiera que se trataba de una enfermedad.

Y desde entonces aquí estoy con mi eterna compañera, la fibromialgia, vivimos juntas, mal avenidas, pero sabemos que dependemos la una de la otra… para siempre…

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1 comentario
  1. Aída
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